Revista Cine

Ahora o nunca

Publicado el 22 junio 2015 por Pablito

Hay ocasiones en las que los primeros 15 minutos de una película bastan para dictar sentencia. Ocasiones en las que el primer cuarto de hora de un largometraje es más que suficiente para decir si lo que vendrá después merecerá o no la pena, sin el más mínimo riesgo de error. Ahora o nunca (2015) es una de estas películas. El sexto trabajo de María Ripoll arranca de forma tan caótica, confusa y errática que, desde luego, no hace presagiar nada bueno. Largos minutos en los que la sala llena de gente, ávida de las risas que se le presuponen a una película de estas características, espera ese primer gag, esa primera broma…que no llega. Un prólogo, en definitiva, que no es más que el aperitivo de lo que está por venir: estamos ante una de las comedias románticas más insulsas, faltas de ingenio y ridículas que ha parecido el cine español en los últimos tiempos. Jorge Lara y Franciso Rocal –Zipi y Zape y el club de la canica (Oskar Santos, 2013)- omiten una regla clara en todo manual del buen guionista: el comienzo de una película, y más en un género en el que las carcajadas deberían ser obligadas desde el primer minuto, debe atrapar al espectador de forma ipso facta. Y lo que aquí hace es echarlo para atrás. 

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Con el escollo de su desastroso comienzo grabado en la frente, me dispongo a seguir visionando esta historia que gira en torno a las dificultades que debe sortear un joven (Dani Rovira) para reunirse con su novia (María Valverde) el día de su boda, como esa huelga de controladores que obliga a cancelar todos los vuelos y, por consiguiente, darle el “sí, quiero”, en la campiña inglesa donde se conocieron. Y mis peores presagios, en efecto, pasan a hacerse realidad: la historia no hay por donde cogerla. Historia por decir algo, porque la película es un batiburrillo de situaciones absurdas y personajes sin la menor gracia danzando de un sitio para otro. Ahora o nunca es un cúmulo de situaciones mil veces vistas, tópicos a mansalva -lo de chantajear a alguien a cambio de unas fotos comprometidas está más visto que el tebeo- y chistes tan fáciles que sonrojarían incluso a un niño de 10 años. Y todo con un claro objetivo: gustar a toda la familia y ser lo más políticamente correcta posible, cuando una cinta con este pedazo de reparto y este argumento daba para la locura, el desmadre y el desenfreno más extremo.

La culpable del puritanismo que irradia la cinta, de ese tufillo conservador que en nada le beneficia -teniendo en cuenta que pedía a gritos ser lo más transgresora posible- es María Ripoll. Es ella la que dirige la jugada de la forma más lineal posible, como si en vez de una película estuviera dirigiendo un (mal) capítulo de una (mala) serie televisiva. Algo que sorprende viendo los notables antecedentes de una realizadora que ha dado obras como Lluvia en los zapatos (1998), Tu vida en 65 minutos (2006) o la más reciente Rastros de sándalo (2014), todas ellas con un nivel de calidad más que aceptable. Estamos hablando, por tanto, del primer patinazo importante de una realizadora a la que la película le viene grande en todo momento. Tampoco se puede culpar a los actores del desatino general, ya que no pueden hacer más con el pobre material que tiene entre manos y con la forma tan monótona y plana con la que están dirigidos. No hay riesgo, no hay innovación, no hay nada que no hayamos visto antes en un trabajo que no tiene piedad en tirar por la borda algunas situaciones que podrían haber terminado ocupando un lugar destacado en la historia de la comedia española -ese Dani Rovira intentando recuperar su maleta en la oficina de objetos perdidos, esa Yolanda Ramos desaprovechada, como casi todos los secundarios, a bordo de una caravana- y que al final se quedan en nada. 

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Una película que se ve tan fácil como se olvida, repleta de giros de guión vergonzantes y precipitados y rematada por un final completamente precipitado y pulido. Salvando dos o tres notas puntuales -esa Anna Gras, gran revelación de la cinta, propinando un puñetazo que sabe a gloria o intentando hablar inglés, o esos suegros intentando encontrar su coche en el garaje-, no hay nada que remarcar en este ejercicio que, sin quererlo, dignifica hasta el infinito una película como 8 apellidos vascos (2014), un trabajo cuya comparación es inevitable, más allá de compartir protagonista o de seguir explotando algunos de los tópicos de los españoles. Y es que si algo deja claro María Ripoll es lo increíblemente difícil que es hacer comedia española de calidad. Parece fácil, pero no lo es. A la vista está. 


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