Hay insultos entrañables. «¡Peludo!», le grité el otro día al volante a un listillo por una so jeta maniobra. A mi hija, desde el asiento trasero aquel vocablo desconocido en ese uso le causó gracia y no le sonó a oprobio.
Es una de esas expresiones que has mamado en casa y luego reproduces sin darte cuenta. Tipiquísima de mi madre.
Luego está el diminutivo, peludillo o peludilla, semánticamente alejado del insulto, con un significado similar a bichejo, trastín. «—A ver, peludilla, ven pa’ ca». Posiblemente peludillo/a esté relacionado con el uso de peludo para referirnos a una mascota, generalmente a un perro.