Revista Cine

Vekante

Publicado el 29 diciembre 2021 por Josep2010

Hoy no hablaremos de cine: hoy nos detendremos por un momento en un arte alejado de la pantalla cinematográfica tanto por los siglos de antigüedad como por la intensidad vocacional que lleva aparejado un insólito desprecio por la cuestión monetaria.
Hay por ahí mezcladas entre los ciudadanos unas personas que sienten verdadera pasión por lo que hacen, por un arte milenario y nómada que desde siempre ha tenido como principio abrir los ojos de quienes lo contemplan; conquistar el corazón del espectador sin importar su edad, sexo y condición; un arte extraño en el siglo que vivimos, tan materialista y consumista; una ocupación que convierte a sus desarrolladores en una especie de familia ambulante, extraña, más pendiente de ofrecer su arte de la mejor manera que de cualquier otra cosa.
Es indiscutible que debe haber una fuerte vocación para dedicar la vida a un arte que lleva aparejada la condición de nómada, de trashumante, de viajero itinerante siempre con la vista puesta en el horizonte lejano: si uno se para por un momento a pensar en ello, resulta asombroso y extraño a la vez y curiosamente, ambos adjetivos definen perfectamente la esencia del arte del circo.
Hace unas semanas asistí a una representación de Vekante, el último espectáculo circense creado por Rosa Raluy, perteneciente a la gloriosa familia que mantiene la tradición del Circo Raluy.
En su caso se ocupa del Circ Històric Raluy que está momentáneamente asentado en Barcelona y representa Vekante hasta el mes de febrero luchando contra el maldito covid y el tiempo aciago en varios sentidos y nos está dando una muestra artística muy cuidada con varios números circenses en la mejor tradición que nos embelesan durante las dos horas escasas que dura la función.
No soy ni mucho menos entendido en el arte circense, sus maravillas y sus dificultades, pero sí soy un espectador atento a los detalles: hay en el Circ Històric Raluy un cuidado minucioso del detalle y la tradición, un profundo respeto al espectador que ya no se observa en el cine actual pero sí en el clásico, una forma de tratarte que te hace sentir el centro de su atención: llegas y te reciben los miembros de la troupe con sonrisas mientras avanzas entre carromatos de museo hasta la carpa circular y cuando acaba el espectáculo, te los encuentras a todos en fila despidiéndote y agradeciéndote haber asistido a su espectáculo, y eso, amigos, no lo había visto en mi vida.
Se siente que la pasión por el trabajo bien hecho, el esmero por la correcta forma de actuar, aquella que asombrará al espectador, es lo que da sentido a su arte: los movimientos son rápidos, eficaces y elegantes y la sonrisa no abandona su rostro: no te queda más remedio, como espectador, que sentirte bien. Disfrutas como un crío, tengas los achaques que tengas. Una maravilla.
Si además uno va y solicita por correo electrónico permiso para hacer unas fotografías del espectáculo y te lo conceden amablemente, miel sobre hojuelas.
He confeccionado un carrusel de las fotos de la experiencia y lo he reforzado con la mejor música que el espectáculo merece: seguro que la cinefilia conocerá la melodía.


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