Revista Cine

Gladiator (u.s.a., 2000)

Publicado el 15 abril 2011 por Manuelmarquez
GLADIATOR (U.S.A., 2000)Perfil, tono, pretensión, objetivo... Ante mi (cada vez) mayor incapacidad para decantarme por juicios de valor categóricos acerca de la calidad de las películas (lo cual no sé si denota un incremento de mi sabiduría o de mi ignorancia —mucho me temo que la disyuntiva se decanta por la segunda...—), no me queda más remedio que apelar a conceptos con una mínima componente evaluatoria, pero que eluden pronunciamientos rotundos al respecto. ¿Y a qué viene todo esto, se preguntará el lector avezado...? ¿Con qué milonga mañanera pretende despistarme ahora este juntaletras patanzuelo...? ¿De qué pretende hablar? Pues nada, amigo lector, que hoy quiero hablar de “Gladiator”, esa película con la que el señor Scott resucitó un genero, el del peplum, que había vivido su época gloriosa con la irrupción de los grandes formatos panorámicos, a partir de mediados de los cincuenta del pasado siglo, y que parecía condenado al ostracismo, al olvido.
Una resurrección propiciada por un éxito comercial descomunal, aunque éste no viniera acompañado, ni por asomo, con igual entusiasmo crítico: “Gladiator” ha sido, generalmente, valorada como un film mediocre y vulgar, cuando no lisa y llanamente malo, o nefasto. Y, francamente, no lo entiendo. Puedo convenir en que no estamos ante una obra maestra del séptimo arte, y estoy en condiciones de enumerar, o apuntar, más de un aspecto manifiestamente criticable (o que, al menos, a mí así me lo parece) en la propuesta de Scott. Pero mi valoración global dista mucho de ser negativa; más bien, al contrario, pienso que “Gladiator” se trata de una cinta notable, y, correctamente enfocada —es decir (y ahora volvemos al principio), vista bajo el prisma de su pretensión básica (entretener), del tono buscado por su autor (espectacular), y de su perfil como producto cinematográfico (descaradamente comercial)—, me atrevería a calificarla de brillante.
¿Que su maniqueísmo es excesivo? Pues sí, cómo cabría negar que el dibujo de los dos antagonistas (ese emperador Comodo —cobarde, rencoroso, infantiloide, psicópata, envidioso, cruel— y el general legionario-gladiador Máximo Meridio, alias “el Hispano” —noble, fuerte, leal, valiente, solidario—) huye de cualquier trazo fino para marcar dos arquetipos excesivamente monolíticos desde el punto de vista emocional (recurso facilón para generar adhesiones de ésas que antaño se solían calificar de inquebrantables). ¿Que hay un exceso de recurrencia a imágenes digitales para la composición de escenarios? Más allá de lo mejor o peor conseguidos que resulten (hay que tener en cuenta que, en el momento de su realización, las técnicas de digitalización, si no en pañales, sí que distaban de haber alcanzado el nivel que exhiben actualmente), es evidente que los planos de “cartón-píxel” han sido utilizados con generosidad sin tasa. ¿Que su metraje es excesivo? Puede que sí, aunque, en este punto, y siendo indulgentes, podríamos llegar a catalogar tal circunstancia como de guiño cinéfilo, homenaje inconfeso al género en el que se inscribe la cinta (¿o no sería casi una falta de educación facturar un péplum con solo dos horas de duración...?)
En fin, que a “Gladiator” se le podrán poner muchas objeciones, pero difícilmente se podrá negar su espectacularidad: ése es su punto fuerte, explotado de forma machacona e insistente en la mayor parte de su desarrollo y en una buena parte de sus secuencias. Desde la batalla de apertura, una auténtica orgía de sangre, violencia y testosterona, hasta las numerosas luchas de gladiadores que se van desplegando a lo largo del itinerario de búsqueda y venganza del protagonista (hasta cuajar en el clímax final, no por tan puerilmente previsible, menos intenso), todo en la cinta de Scott apunta hacia lo grandilocuente y lo excesivo; de hecho, incluso en esas escenas de tono más íntimo, que se desarrollan en los lujosos interiores palaciegos o en las tiendas de los militares, y que, más allá de su aporte al tronco argumental, sirven, desde el punto de vista del ritmo del relato, a proporcionar algunas treguas en ese frenesí furioso, hay siempre una tendencia hacia el dramatismo exacerbado, hacia la exageración y el forzado de las situaciones. ¿Defecto o virtud? Esto no es un drama intimista, es una de romanos. ¿No...?
* APUNTE DEL DÍA: hace unos días ví la última entrega de Torrente. Se exhibe en salas oscuras, sobre una pantalla grande, y está filmada, supongo, en celuloide, de donde se deduce que podría tratarse de una película. Pero yo no me atrevería a asegurarlo -aunque haya llegado a introducir ese término, película, en el encabezamiento de un artículo sobre ella-. En fin...

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