Publicada en 1954, El desprecio es una de las novelas más célebres del escritor italiano Alberto Moravia. Bajo la apariencia de un relato íntimo —el deterioro del matrimonio entre Riccardo Molteni, guionista en parada creativa, y su esposa Emilia—, y en clave de un tema tan en boga por entonces en la literatura europea de posguerra como era la crisis sentimental, la novela hace una amarga reflexión sobre el amor como frágil construcción mental, condicionado por el equilibrio de poderes entre los miembros de la pareja y las influencias externas, como el ansia de la prosperidad económica, la preocupación por la reputación o el deseo de ascenso social, que generan en ambos cónyuges sentimientos de frustración, humillación y dependencia, con el consiguiente rencor mutuo y el inicio de un progresivo ritual de destrucción de la relación.
Moravia estructura el texto como una confesión retrospectiva del marido, que intenta comprender en qué momento exacto nació el desprecio que Emilia llegó a sentir por él. Esta perspectiva, obsesiva y exclusivamente racional, que gira sobre cada gesto, cada silencio, cada palabra de la esposa como si la detección de la avería pudiera servir para reconstruir un simple mecanismo estropeado, es clave en la desgracia del protagonista, puesto que busca un detonante, la chispa de un hecho aislado sin reparar en la suma de graves concesiones morales que han alimentado la indignación de Emilia: en primer término, la aceptación de un trabajo que no respeta —el encargo de un guion para una producción comercial— solo para conseguir bienes materiales y pagarse caprichos; en segundo lugar, mucho más importante, la permisividad de Riccardo ante una situación ambigua en la que Emilia se siente ofrecida, instrumentalizada, para lograr las simpatías del productor de la película. Para Emilia, ese consentimiento tácito, esa indolencia a la hora de defender y proteger a su esposa de las aviesas intenciones de un extraño con poder e influencia, equivale a una traición irreparable.
El hilo conductor de la novela no es tanto el desamor como la pérdida de respeto, que Moravia presenta como la verdadera base de cualquier relación. Emilia no deja de amar a Riccardo de forma inmediata; lo que pierde es la admiración por un hombre que ha renunciado a su orgullo, un deterioro que erosiona la visión que ella tiene de él, y que contribuyó a su enamoramiento. En ese sentido, la novela conecta con una constante moral en la obra de Moravia, la denuncia de la alienación burguesa, del sometimiento al dinero y del vacío ético que se esconde tras las decisiones prácticas, alimenticias. El cine, tal como aparece en la novela, no es un arte sino una industria degradada, un espacio donde el talento se prostituye y los individuos se traicionan a sí mismos a cambio del reconocimiento y la gloria, y de los emolumentos que estos garantizan. La prosa de Moravia es seca, analítica, clínica. Evita el melodrama y se apoya en una lucidez implacable que convierte el conflicto conyugal en un problema de tintes casi filosóficos: ¿hasta qué punto es posible amar a alguien que no se respeta a sí mismo? ¿Se puede amar a quien no se respeta y, por lo tanto, ya no es respetado? Esa frialdad estilística aumenta la sensación de fatalidad que hace que desde las primeras páginas el lector intuya que el matrimonio está condenado y que cualquier intento de explicación y reconciliación llegará siempre demasiado tarde.
La adaptación cinematográfica de Jean-Luc Godard (1963), protagonizada por Michel Piccoli, Brigitte Bardot, Jack Palance, Georgia Moll y Fritz Lang, acompañada de la hermosa música de Georges Delerue y de la luminosa fotografía de Raoul Coutard, transforma y amplía la idea central de la novela sin traicionarla por completo. Conserva el núcleo moral del libro —el vínculo entre amor, dignidad y dinero—, pero donde Moravia es introspectivo y racional, Godard es fragmentario y sensorial, e incluye una visión reflexiva sobre el propio acto de filmar. El relato sobre la degradación íntima y la necesidad de redefinir las relaciones en el seno de la pareja moderna se convierte también en una meditación sobre la crisis del arte y del lenguaje.
El diagnóstico moral de la novela sigue vigente. El amor no muere necesariamente a causa de un exceso de conflictos, o de la desmesura de estos, sino por la aceptación silenciosa, casi «bergmaniana», de la frustración, de la insatisfacción, del desencanto, incluso de la humillación. Moravia, con su habitual severidad, sugiere que hay desprecios que no se superan porque, una vez nacen, revelan una verdad demasiado profunda sobre quien los provoca, abriendo un camino de imposible retorno.
