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CineCuentos – Delitos y faldas

Publicado el 05 marzo 2010 por 39escalones

CineCuentos – Delitos y faldas

ESCENA 39. Interior de un restaurante italiano de Manhattan. Noche.

Larry, columnista de una revista local de no demasiada difusión, se ha citado para cenar con su amigo Walter, un pintor de cierto renombre en la ciudad. Larry ha llegado un poco antes de la cita y se entretiene pellizcando el pan, comiendo aceitunas y dando sorbos a un insípido lambrusco que le han servido mientras espera. Se queda paralizado cuando, a través del ventanal que da a la calle, ve a Walter acercarse al restaurante acompañado de una rubia alta y muy sensual a la que no ha visto jamás. La mira de arriba abajo y se atraganta con el hueso de una aceituna. Bebe sorbitos de lambrusco y come miga de pan visiblemente nervioso hasta que Walter y la mujer llegan junto a él.

LARRY [notablemente azorado]: Oh, qué sorpresa, vienes acompañado…

WALTER: Larry, te presento a Ingrid. Ingrid; mi amigo Larry. No es gran cosa, pero es lo que hay…

INGRID: Encantada, Larry.

LARRY: Y yo más, Ingrid. Gracias Walter, eres muy amable. Recuérdame que te contrate como asesor de imagen cuando me presente a la presidencia. Ingrid, no te creas que soy así; es más bien una obra benéfica: me empeño en tener este aspecto para que este cretino siga creyéndose que es guapo.

Tras saludarse, Ingrid se disculpa y se encamina hacia el excusado. Walter se deja caer en la silla, devora las últimas aceitunas del platito de Larry y apura la botella de lambrusco en su copa. Larry se sienta frente a él, todavía más agitado.

LARRY: ¿Qué es esto, Walter? ¿Quién es ésa? ¿De qué mercadillo de esculturales esclavas sexuales la has sacado?

WALTER: Es la bomba: finlandesa, campeona de natación, y no veas cómo se le da la sauna…

LARRY: Sí, ya me imagino dónde cuelgas la toalla. ¿Quieres explicarme qué demonios hace aquí? ¿No habíamos quedado a cenar tú y yo? Tenemos muchas cosas de que hablar. ¿Qué pinta ella aquí? ¿Y Jackie?

WALTER: Tranquilízate. Ha ido al Metropolitan con Susan. Estrenan un nuevo montaje de Shakespeare, una comedia, Mucho ruido y pocas nueces, creo. El protagonista es Leo Fuller y nunca se lo pierde.

LARRY: ¿Al Metropolitan? ¿A dos manzanas de aquí? ¿Y te presentas tan campante agarrado a la cintura de Miss Laponia con tu mujer a quinientos metros escasos? De Mucho ruido y pocas nueces esto puede acabar en La tempestad.

WALTER: Larry, relájate, todo va bien. Ha empezado a las nueve. Podemos cenar tranquilamente y antes de que Pedro de Aragón se dé cuenta de que su hermano le mueve la silla ya nos habremos ido de aquí, tú a tu casa a ver Cantando bajo la lluvia y yo al hotelito de la esquina.

LARRY: Ya, con Lady Godiva a horcajadas sobre ti. Pero, dime una cosa, ¿qué pasa con Jackie? Es estupenda, inteligente, discreta, sensata y sigue siendo muy atractiva. ¿Para qué tienes que liarte con esas mujeres físicamente perfectas?

WALTER: Tú no lo entiendes, Larry. Hace años que la relación más íntima que tienes con una mujer es con la camarera que te sirve el café a la hora del almuerzo. Me inspiran, ¿lo entiendes? Miro sus cuerpos y siento fluir las ideas camino del lienzo.

LARRY: Sí, no hace falta que me digas qué aspecto tienen esas ideas. Pero escucha: si Jackie llegara a sospechar alguna vez algo así la matarías del disgusto. Ella te quiere; si no fuera así no creo que hubiera aguantado contigo más de veinte minutos en esta vida.

WALTER: Larry, no hables como mi abuela. Lo necesito, ¿entiendes? Estoy experimentando, enriqueciendo mi bagaje. Amo a Jackie, la adoro, tú lo sabes, pero a ellas las deseo y, créeme, antes de llegar a ponerlo todo sobre una balanza, contigo pan y cebolla y todo eso, ya estoy con los pantalones abajo. Demonios, ¿has visto lo bien que habla inglés?

LARRY: Walter, en Finlandia todo el mundo sabe inglés. Pero apuesto a que sabe un buen puñado de idiomas más.

WALTER: Bueno, ¿te gusta o no? Si te gusta, tiene una amiga que se le parece mucho.

LARRY: Estupendo, lo que me faltaba, una devoradora de fluidos corporales. Ya sabes que para mí sólo cuenta Laurie.

WALTER: Ya… ¿Has hecho algún progreso o sigue desconociendo tu existencia como en lo que llevamos de milenio?

LARRY: Por supuesto que no me ignora, tenemos una relación de lo más fluida y gratificante: ayer me pidió un pañuelo de papel para sonarse porque los suyos se habían terminado.

WALTER: Eres patético, Larry. ¿A qué esperas para disfrutar de la vida, a que tu máxima aspiración sea ganar el campeonato de carreras pedestres con andador? Olvídala: ella es muy atractiva, brillante, inteligente, sensible, muy divertida, y además es preciosa. O sea, todo lo contrario de lo que eres tú. ¿Tienes espejos en casa? ¿Te has mirado en alguno últimamente?

LARRY: Déjame en paz, Wally. Es una persona muy especial y no te creas que se la puede conquistar como a cualquier danzarina del vientre de las tuyas.

WALTER: Ya, ¿y dónde está hoy?

LARRY: Tiene una cena con la gente de su trabajo.

WALTER: Como siempre, siempre tiene cenas, fiestas, congresos, conferencias o comidas con gente de su trabajo. Con cualquiera menos contigo. ¿Cuántas veces os habéis visto fuera de allí?

LARRY: Pues una o dos, creo. Pero no estuvieron nada mal. Una vez incluso la acompañé hasta la puerta de su casa.

WALTER: Junto a otras cinco personas, todas de su trabajo, y tú estabas allí sólo por ella, no conocías a nadie más. Eres patético, Larry, asúmelo y cambia de vida.

Ingrid regresa del baño y Walter y Larry se obligan a variar de tema. El camarero deja tres ejemplares de la carta sobre la mesa.

LARRY: Me ha contado Walter que eres campeona de natación.

INGRID: Bueno, no exactamente. Nado muy bien, pero lo mío es la gimnasia sueca.

WALTER: Es una experta en contorsiones…

Se achuchan y besuquean mientras Larry, tapándose media cara con una mano desvía la mirada hacia otro lado y, perplejo, ve a través del ventanal que da a la calle cómo Jackie y Susan se acercan caminando a buen paso por la acera de enfrente. Rozando la histeria, empieza a gesticular grotescamente moviendo brazos y manos.

LARRY: ¡Demonios! ¡Jackie!

WALTER: ¡Maldita sea, Larry! Deja de hacer de Torquemada. No seas tan puritano: haces que a tu lado un presbiteriano escocés parezca el rey del mambo.

LARRY: No, idiota. Digo que Jackie viene hacia aquí. Con Susan. A toda máquina.

WALTER: ¿Qué? ¿Y el teatro?

LARRY: Y yo qué sé, ¿me ves pinta de acomodador? No podemos salir sin que nos vean, vienen directas a la puerta.

WALTER: ¡Mierda! Estoy jodido… ¡Rápido, Ingrid! Siéntate al lado de Larry, corre.

Ingrid, sin entender nada, es empujada por la espalda por Walter y arrastrada de los brazos por Larry, y es arrojada a la silla con brusquedad.

INGRID: ¡Ay! ¿Pero a qué estáis jugando?

WALTER: Cariño, vas a tener que fingir por un momento que sales con Larry.

LARRY: ¿Qué? ¿Estás loco?

INGRID: ¿Con esto?

LARRY: Gracias, Ingrid. ¿Podías moderar tu escalada de crueldad, por favor? Aunque no te lo creas tengo mi corazoncito y me duele que me equiparen a un primate.

Jackie y Susan aparecen por la puerta y, sorprendidas, van directas a la mesa de tres.

JACKIE: ¡Qué sorpresa! ¿Qué estáis haciendo aquí?

WALTER: ¿Sorpresa? ¿Y vosotras? ¿No habíais ido al teatro?

SUSAN: Sí, pero Leo Fuller se ha perdido y han puesto a un sustituto.

LARRY: ¿Que se ha perdido? ¿Qué quiere decir que se ha perdido?

JACKIE: Pues que seguramente ha vuelto a emborracharse por ahí y no ha llegado al teatro a tiempo para la representación.

SUSAN: Lo sustituye Edgar Cummings.

WALTER: Eso es como si a James Stewart lo hubiese sustituido Walter Brennan.

JACKIE: ¿Y ella quién es?

INGRID: Me llamo Ingrid. Encantada.

WALTER: Es Ingrid; está saliendo con Larry. Ingrid, ésta es Jackie, mi esposa, y ella es Susan, una buena amiga de los dos.

INGRID [entendiendo por fin la estratagema de Walter]: Mucho gusto.

Susan tuerce el gesto y se queda mirando a Larry, inquisitiva, suspicaz. Larry se revuelve incómodo en su silla y le coge la mano a Ingrid con tosca torpeza.

LARRY: Sí, sí. Estamos saliendo. A veces…

JACKIE: Vaya, Larry, menos mal. Ya pensábamos que estabas opositando para eunuco.

SUSAN: ¿Y desde cuándo salís juntos?

LARRY: Pues… Desde hace dos semanas. Nos conocimos en una exposición…

WALTER: Pero, ¿no os sentáis? ¿No vais a cenar con nosotros?

LARRY: ¿Qué? ¿No tenéis que volver al teatro? Cummings no lo hace nada mal, aunque no sea Fuller.

SUSAN: Es que Mucho ruido y pocas nueces ambientada en la Polinesia actual no me emociona. Además, sin Fuller… Cummings es demasiado, ¿cómo diría? ¿Falso? ¿Hipócrita? ¿Embustero?

LARRY [dándose por aludido, incómodo]: Pero pidamos la cena, que a este paso tendremos que pedir que traigan la carta de desayunos…

Durante un instante, los cinco se apelotonan en torno a los tres ejemplares de la carta para escoger su cena. El camarero se acerca y cada uno de ellos, desordenadamente, encarga su cena. Cuando el camarero se retira, una mujer se acerca a la mesa de los cinco.

LAURIE: ¡Hola, Larry!

LARRY [repentinamente atacado de los nervios en cuanto la ve, observado por Susan, todavía más suspicaz]: ¡Hola! ¿Qué haces aquí?

LAURIE: He venido a cenar con unos compañeros del trabajo.

LARRY [mirando hacia la mesa que ella le señala; hay varios hombres, entre ellos Tom, el tipo que sabe que anda detrás de Laurie]: Ah, ya veo…

LAURIE: ¿… Y tú?

LARRY: ¡Oh! He venido con mi amigo Walter, su esposa Jackie, ésta es Susan, mi mejor amiga, y ésta es… Ingrid, mi… eh., otra amiga.

JACKIE: De amiga nada, rico. Aquí el guaperas que se ha ligado a una sueca nada menos.

INGRID: Finlandesa, por favor. A vosotros no os gustaría que os confundieran con mexicanos.

LARRY: Bueno, ligado, apenas nos conocemos…

LAURIE [sinceramente contenta]: Vaya. Enhorabuena, Larry. Me alegro mucho. Ahora tengo que volver a mi mesa, sólo quería saludarte. Que disfrutéis mucho de la cena.

Larry la despide con un gesto y una sonrisa tristona, los ojos cercanos a las lágrimas cuando ve que Laurie se sienta junto a Tom y que se sonríen, cómplices. Susan lo observa iracunda, mientras que Ingrid se suelta de la mano de Larry y Walter y Jackie se ríen de la escena.

JACKIE: Susan, ¿qué te pasa? No pongas esa cara, mujer, que lo del teatro tampoco es tan importante.

SUSAN: Mi cara no es por el teatro. Al menos no por el Metropolitan.

Walter y Larry se miran. Ingrid mira a Walter.

JACKIE: ¿Qué quieres decir?

SUSAN [a Larry]: Larry, estás enamorado de Laurie. ¿Se puede saber de dónde ha salido Ingrid? ¿Me puedes explicar cómo te has comportado con Laurie como una ameba reumática?

LARRY [vacilando, sin saber que decir]: Bueno, esto… Nos conocimos el otro día en una exposición de…

SUSAN: ¿De qué?

LARRY: La de pintura rusa del siglo XX en el MOMA. Fui con Walter y allí la encontramos, en la cafetería…

SUSAN: Larry, fuiste conmigo a esa exposición, no con Walter. Y a la salida fuimos a tomar café a mi casa, ni siquiera pisamos la cafetería.

JACKIE: ¿A dónde quieres ir a parar? No te metas con el pobre Larry sólo porque Leo Fuller se ha agarrado una curda y nos ha chafado el plan. Disfrutemos de la cena.

SUSAN: Esto no tiene nada que ver con Leo Fuller.

INGRID [a Larry, en voz baja]: tócame una teta.

JACKIE: ¿Y con qué tiene que ver?

LARRY [a Ingrid]: ¿Qué?

WALTER: Este pan no está nada mal.

INGRID [a Larry]: que me toques una teta, gilipollas.

SUSAN: Eso es lo que pretendo averiguar. [A Larry] ¿Te has puesto de acuerdo con esta chica para darle celos a Laurie?

LARRY [alargando la mano hacia el pecho de Ingrid, rozándolo con aprensión, como si pasara la mano por un rallador de queso]: ¿Eh?

WALTER [súbitamente furioso]: ¡Pero Larry! ¿Qué coño haces?

LARRY [retira la mano del pecho de Ingrid, no por las voces de Walter, sino porque observa que Laurie le está mirando desde su mesa]: ¿Qué?

SUSAN [cada vez más suspicaz, mirando alternativamente a Larry y a Walter, atando cabos]: ¿Por qué te pones así, Walter?

JACKIE: Eso, déjalos en paz, ¿no ves lo enamorados que están?

INGRID [engancha a Larry por el cuello, todavía mientras mira a Laurie con cara de idiota y lo atrae hacia su cara, morreándolo apasionadamente]: Bésame, Larry.

JACKIE [a Walter]: ¿Lo ves? Ya me gustaría a mí que de vez en cuando me besaras así.

WALTER [sin poder controlarse]: ¡Qué enamorados ni qué narices! ¡Si acaban de conocerse!

JACKIE: ¿Pero es que estás lelo o qué? Si tú estabas cuando se conocieron hace dos semanas…

SUSAN: No, Jackie, no. [Atrayendo a Jackie, le habla al oído]

LARRY [soltándose de los brazos de Ingrid y poniéndose en pie]: tengo que irme, lo siento.

Larry mira hacia la mesa de Laurie, que se lo queda mirando desde lejos, recoge su chaqueta apresuradamente y sale corriendo del restaurante. A través del ventanal, justo cuando Jackie da una bofetada a Walter, se ve a Larry correr en dirección hacia el puente de Brooklyn, corre hasta que el restaurante queda a más de una manzana. Después camina con paso rápido hasta que ve las luces del puente. Entonces baja el ritmo y se desvía hacia uno de los bancos del mirador sobre el río, y allí se sienta con la noche mostrando todo su esplendor de luces ante él, aunque el cielo amenaza lluvia.

ESCENA 40. Un banco frente al puente de Brooklyn. Noche.

Tras unos instantes de silencio, escuha el rumor de unos pasos tras él. Repentinamente ilusionado, se vuelve imaginando que se trata de Laurie, que ha salido tras él del restaurante y ha corrido a su encuentro, pero no es solamente un policía en su ronda nocturna que le saluda llevándose la porra a la visera de la gorra, como disculpándose por haberlo sobresaltado.

LARRY: Walter tiene razón, soy patético. Puede que esta noche haya perdido a tres amigos, que el amor de mi vida me tome por una especie de adolescente salido y, para colmo, ni siquiera me he acostado con la rubia. No es que me importe; hubiera preferido estar con Laurie, pero hay que reconocer que como premio de consolación para un rato no hubiera estado mal. Joder, qué noche. Estas cosas no le pasaban a Gene Kelly [levanta la vista hacia el cielo mientras empieza a gotear, a lo lejos se ven las luces de un avión aproximándose al aeropuerto Kennedy]. En fin, supongo que el que canta su mal espanta.

La lluvia arrecia. Se levanta, se sube el cuello de la chaqueta y se aleja lentamente siguiendo la línea paralela de las farolas que iluminan la ribera del río, mientras silba el principio de Singin’ in the rain. La melodía se pierde en la noche, absorbida por la sirena de un remolcador que, arrastrando una balsa repleta de neumáticos usados, transita río arriba.

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